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Racismo en Tiempos de Pandemia 2020

Por María Belén Noroña, Ph.D

En marzo de este año, al inicio de la pandemia, era común escuchar a expertos en salud y periodistas se referían al Corona virus (Covid-19) como el virus que no discrimina. Esto debido a que se entendía que el virus podía enfermar a todos, independientemente del color de la piel y el estado socioeconómico. Después de las primeras semanas de cuarentena, muchos incluso celebraron el desaceleramiento de las actividades industriales, pues los niveles de contaminación disminuyeron después de los primeros meses de cuarentena. ¿Podría la pandemia del Covid-19 presentar oportunidades a pesar de la pérdida de vidas humanas?

Hoy en día nos damos cuenta de que, en lugar de afectar a todos indiscriminadamente, la pandemia ha exacerbado inequidades sociales y raciales. Las Américas se convirtieron en el nuevo epicentro de la pandemia. De acuerdo con la OMS, hasta el 3 agosto, Latinoamérica registró 197.000 muertes por Covid-19, y los Estados Unidos 154.226 muertes (1). Los más afectados son poblaciones marginales, afroamericanas, e indígenas. En la ciudad de Guayaquil, segunda ciudad más grande del Ecuador, el pico de pandemia azotó entre el 1 de marzo y el 15 de abril. Durante este tiempo, 7.600 personas más murieron comparado al número de muertes promedio de los últimos años según una investigación del New York Times (2). Crudas escenas de cuerpos abandonados en las calles, ataúdes de cartón apilados por cientos en camiones y morgues, e imágenes de cientos de personas esperando fuera de las casas de salud a fin de dar con el paradero de los fallecidos circularon en redes sociales y medios de comunicación. Similares circunstancias se registraron en zonas urbanas del Perú, especialmente su capital Lima, donde familias de medianos y bajos recursos económicos fueron fuertemente afectadas.

Mientras que, en los Estados Unidos, la relación entre las poblaciones de color, estatus socioeconómico y el riesgo al virus son evidentes en las estadísticas (3); en Latinoamérica no hay conciencia plena sobre las formas en las que condiciones socioeconómicas negativas coinciden con grupos racialmente excluidos. Por un lado, parecería que la pérdida de vidas es el resultado de adversas condiciones socioeconómicas solamente. Sin embargo, en redes sociales podemos leer a diario como muchos asumen que dicha vulnerabilidad está asociada a la cultura de dichas poblaciones, sin reflexionar en cómo la cultura invisibiliza estructuras racistas jerárquicas (4). Por ejemplo, muchas clases populares tienen un ancestro étnico mas cercano a sus raíces indígenas y afroamericanas; muchos identifican a estas poblaciones como cholas, mulatas y populares, y se las considera mal educadas y desprovistas de la disciplina que requiere una la cuarentena (5).

De acuerdo con expertos como Aníbal Quijano, estos prejuicios y comportamientos son parte de la estructura capitalista que ha organizado a la sociedad en base a jerarquías en las que las poblaciones indígenas, afroamericanas, y populares se encuentran en el nivel más bajo (6). Vandana Shiva y María Mies explican que esta jerarquía normaliza la explotación laboral de ciertos sectores de la población, de la misma manera que justifica la explotación sin medida de recursos naturales con fines de acumulación (7). De acuerdo con investigaciones recientes que indagan las condiciones sociales en las que la pandemia se expande (8), las poblaciones vulnerables no pueden completar cuarentenas en casa pues se ven forzadas a continuar con cualquier tipo de trabajo que les permita sobrevivir. Por lo general, estas poblaciones tampoco tienen acceso a vivienda digna y estable, y no acceden a sistemas de seguridad social.

En los Estados Unidos, 43 por ciento de los trabajadores afroamericanos y latinos se dedican a trabajar en el sector de la producción y servicios. Por lo tanto, su trabajo no se puede llevar a cabo de manera remota (3). Estos trabajos incluyen la producción de alimentos, trabajos en industrias esenciales, y el sector del transporte entre otros. En Latinoamérica, las vulnerabilidades se acentúan más debido a que la economía está menos diversificada, creando grandes diferencias entre quienes acceden a trabajos formales y quienes sobreviven del sector semiformal e informal.

En Perú, el 70 por ciento de la población trabaja en el sector informal, y el 44 por ciento de los hogares a nivel nacional no tiene acceso a refrigeradores de acuerdo con una encuesta llevada a cabo por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) (9). Estas circunstancias dificultan el confinamiento social preventivo. El Covid-19 ha magnificado estructuras sociales racistas que crean las condiciones para que ciertas vidas permanezcan en la base de esta pirámide jerárquica, así el sistema explota la fuerza de trabajo de los más vulnerables. A la vez este sistema facilita que quienes controlan el capital en asociación con los estados tomen ventaja de la situación y expandan sus intereses económicos en las fronteras extractivas. Mientras muchas industrias se han visto forzadas a parar o disminuir su producción, otras han tomado ventaja de la aplicación de cuarentenas para expandir actividades extractivas en áreas periféricas como la región Amazónica. En esta región, las actividades extractivas se han intensificado mientras a la sociedad civil le ha sido difícil congregarse y organizarse para cuestionar y repeler dichas medidas como en el pasado.

De acuerdo con historiadores, pandemias como la viruela y el sarampión decimaron a las poblaciones indígenas previo al arribo de las excursiones de conquista en tierras americanas, con lo que se desató una eliminación racial (10). Esto se repite de nuevo en la Amazonía, en este sentido Brasil es uno de los países más afectados. El gobierno brasileño ha dejado a las poblaciones indígenas indefensas contra el virus, a la vez que promueve oportunidades para la colonización e inversión internacional en la región en plena pandemia. Según investigaciones del New York Times, la tala ilegal, las quemas de bosques para la colonización, y la extracción ilegal de oro han incrementado exponencialmente. En el último año se han destruido 7.770 kilómetros cuadrados, y solo en Junio 1.036 kilómetros cuadrados de bosques han desaparecido (11).  Como Shiva y Mies mencionan, la desaparición de poblaciones indígenas esta directamente relacionado a la extracción de recursos naturales, donde recursos naturales y vidas indígenas son descartables.

Situaciones similares se viven en Ecuador, Perú, Colombia, y Bolivia donde la extracción de petróleo, gas, y minerales no ha cesado. Ecuador ha continuado con la extracción de crudo a pesar de que los precios del barril de petróleo alcanzaron números negativos en abril. La Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía del Ecuador (CONFENIAE) ha denunciado nacional e internacionalmente que el extractivismo ha continuado a pesar del derrame de 150.000 barriles de crudo en dos ríos importantes. Esto ha afectado a 105 comunidades indígenas que han perdido el acceso a agua limpia y peces en áreas amazónicas de difícil acceso en plena pandemia (12). El estado ecuatoriano poco ha hecho para responder a esta emergencia, estamos hablando de poblaciones donde el estado no tiene cobertura de salud apropiada, y en algunas áreas es inexistente.

Por lo tanto, nos preguntamos, ¿qué oportunidades nos presenta la pandemia en la búsqueda de la justicia social? Debido a que la pandemia pone en evidencia inequidades estructurales, la pandemia nos permite ver con mayor claridad como las inequidades se guían por lógicas racistas y de acumulación capitalista. Estas buscan explotar a poblaciones económica y racialmente marginales, así como explotar recursos naturales. En estos procesos siempre ha sido imperativo eliminar a las poblaciones indígenas, bosques y ecosistemas a fin de facilitar nuevos procesos de acumulación. 

El peor error que podríamos cometer al momento es ignorar las lecciones que nos deja la pandemia. Esto es peligroso, no solo porque ahonda y perpetua dichas inequidades, sino porque pone en peligro nuestra sobrevivencia como sociedad. Por lo tanto, necesitamos concentrarnos en procesos educativos que nos permitan generar una conciencia crítica que guie nuestras acciones mas allá de la frustración y la protesta. Como ya lo han venido sugiriendo activistas y expertos como la Chela Sandoval, Vandana Shiva, Maria Lugones, Layla Saad, y Arturo Escobar entre muchos otros, solo con un cambio de conciencia reflexivo, generaremos una movilización activista y permanente que logre reorientar nuestras estructuras sociales y sistemas productivos. La presente pandemia nos presenta una oportunidad única de educación, reflexión y cambio que no puede ignorarse.

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